El plan por supuesto no es una cosa permanente, es un ser vivo que evoluciona al ritmo de los hechos que insisten en ir empujándole hacia derroteros insospechados, hacia otras salidas quizás tanto o más interesantes.
De esos obstáculos, pero sobre todo de esas ideas que se te van ocurriendo una vez haces un plan, algunos no suponen más que levantar un poco más la pierna para dar el próximo paso y otras no merecen una segona pensada (¿un segundo pensamiento?) porque no tienen importancia, porque no son viables o por cualquier otra razón.
Hay otras ideas que sí merecen un segundo pensamiento aunque pueden acabar siendo meras ensoñaciones, visiones sutiles de un nirvana de situaciones perfectamente conectadas para dirigirte al mejor sitio, en el mejor momento; la alineación óptima de los astros o muchas consecuencias y causas que se reúnen en un cuadro formando un paisaje maravilloso.
Para mí, esa fue la idea: él se va a Mallorca a estudiar, yo me voy a Alemania un año y luego me voy con él a Mallorca, a vivir con unos amigos, a trabajar en hoteles, tener una época de vida fuera del estrés nada sutil de la ciudad. A que me dé quizás el sol en el camino hacia el trabajo, en lugar de deslumbrarme brevemente entre edificio y edificio.
Pero esa idea se vio truncada por muchos lados, y por las fechas en las que se empezó a ver la imposibilidad del plan perfecto, tenía yo ya claro que irse a Alemania es lo mejor que podía hacer, tenía el convencimiento y todos, todos los argumentos. Tanto me había tenido que convencer a mí misma, tantos argumentos había tomado que ya no había vuelta atrás. Y no la hay. Pero igual que cambió el plan entonces, el plan puede volver a cambiar. Digamos, adaptarse.
Decía antes que había unas ideas que merecen un segundo pensamiento – ésas son para mí las reflexivas, abstractas, teóricas. Las que quedan en el pensamiento y no llevan apresuradamente a hechos. Pues creo que hay algunas que merecen un segundo pensamiento, y un tercero, y un cuarto y, después de quién sabe cuántos más, una adaptación del plan. Ceder algo a cambio de otra cosa, añadir, quitar, modificar, cambiar el orden, mezclar. Ésas son para mí las prácticas, las que necesitan una decisión eficaz, las que se empiezan por cambiar el futuro inmediato o el planteamiento de una cuestión futura. Las tentaciones terrenales, no tanto del cuerpo como de la comodidad estable.
Pensar qué pierdes cuando te vas, a corto, a medio, a largo plazo. Pensar qué trenes de los que sólo pasan una vez en la vida vas a perder. Pensar qué trenes con calendario anual dejas para el año siguiente, quizás. Tienes que hacerlo. Es importante valorar todos los efectos secundarios, colaterales, de las decisiones que tomas, de lo que haces. Si no lo haces es un poco como si te mintieras. Bastante, de hecho.
Pero tanto me convencí que hoy me veo: en el trabajo, como desde hace casi un año. Cansada, como ayer, como hace dos días, como desde hace dos semanas, tres quizás. Con un montón de reflexiones por hacer. Saliendo casi de un curso de alemán otra vez cansino. Ansiosa, estresada, lunática. Triste, esperanzada, negativa, agobiada. Agotada.
De hecho seguramente ya no tiene que ver sólo con ir a Alemania o no. Ni con si él se va a Mallorca o no. Ni con el aburrimiento de las 4 horas de clase diarias tan mal aprovechadas y no sólo por mi parte. Ni el no saber qué hacer ni la semana que viene, ni dentro de dos semanas, ni cuando vuelva a trabajar después de las vacaciones, ni después tampoco. Ni saber si éste es el camino que quiero, ni si lo es aquél, ni si no lo hay, ni si me lo tengo que hacer a machetazos contra las zarzas de una selva, ni si he cambiado tanto mi libertad por responsabilidad que ya no sé qué quería ser cuando era pequeña. Ni si lo que yo defendía el domingo con tanto ahinco, que hay responsabilidades libres, que todo es por algo, que si lo haces aunque no quieras es que, o es un deber o prefieres hacerlo por cualquiera que sea la razón.
Supongo que es bastante obvio para todos vosotros. Lo es ahora ya para mí también: no puedo más.
Necesito un respiro. Necesito una reflexión. Necesito pasar los apuntes de este año a limpio. Necesito sacar conclusiones, replantearme la vida, replantearme a mí misma y renovar.
Llevo 23 años en Barcelona. 23 años en familia. Tres años en pareja. Dos sin renovar.
Y este año, aún en modo académico, de septiembre a julio… en septiembre acabé la universidad. Decidí darme vacaciones hasta enero y me fui de viaje a visitar a unos amigos. Cuando volví empecé a trabajar en dos sitios a la vez, el 6 de noviembre. Empecé también las clases del CAP y las prácticas del carnet de conducir. En enero me saqué el carnet y empezaron, más o menos por esa época, creo recordar, las prácticas del CAP en el instituto, y luego la memoria didáctica. Una vez entregada, un par de clases más, y en abril acabé el CAP. Ya sólo tenía los dos trabajos. Uno con ciclos de tres meses provocados por los períodos de evaluación de los alumnos y de la evaluación del profesorado, que provocaban picos de trabajo innecesariamente repetitivo y laborioso. Y en el otro, picos de trabajo y felicitaciones al trabajo hecho seguido de dejar crecer telarañas en el teclado, en mi cerebro. Ciclos imposibles de calcular porque depende de tantas otras cosas. Y el jefe siempre añadiendo, siempre cambiando la idea, anulando trabajos anteriores como si ya lo hubiera dicho… Pero ése es otro tema.
Qué bien me irán las vacaciones. Espero. Sobre todo si consigo salir de Barcelona, nique sea unos días. Sobre todo si consigo asentar un poco las ideas. Sobre todo si puedo empezar a saber hacia dónde ir. Si consigo calmarme. Si alcanzo el zehn – o me quedo en el fünf. Ja ja.
Conclusiones: ninguna. A planear entre hipótesis e intentar encontrar el camino más adecuado cada vez.
Sólo falta seguir adelante y, en lugar de dejar pasar el tiempo, ir haciendo avanzar el reloj cogiendo lo que pueda a cada bifurcación.
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