Borrón y cuenta nueva

2 Julio, 2008

La moda y yo.

Archivado en: Reflexiones sobre mi vida, Reflexiones sobre otras cosas — bringontomorrow @ 12:40 pm

He estado leyendo unos artículos bastante impactantes sobre muertes por anorexia y bulímia y he empezado a reflexionar. El problema de la anorexia (y bulímia y demás alteraciones nutritivas y mentales) parece que viene de largo. Se ha planteado en mil ocasiones y parece ya casi un lugar común en cualquier conversación sobre moda y modelos. Entra sin temor alguno también en las conversaciones cotidianas en una tienda cualquiera, tras probarse cualquier tipo de prenda (ajustada, porque anchas quedan ya pocas salvo para vestir tipo skater).

En mi caso, la presión social de las tallas pequeñas, de cosas que te aprieten aunque cojas una talla 6 veces mayor a la “tuya” -la que normalmente usas, la que acostumbras a pedir cuando te gusta algo, la que sabes, teóricamente, igual que los zapatos-, sólo ha conseguido que tenga unas ganas aproximadas a 0 de ir a comprar. (Además, obviamente, de las colas, la gente, la música de las tiendas y un largo etcétera de incomodidades.)

Os voy a contar mi historia física:

Hace años estaba rechonchilla, pero rechonchilla de niña sanota y poco más. En la adolescencia, delgada tampoco he sido, y he ido fluctuando constantemente entre un poco rellenita y bien (o lo que yo entiendo como bien). Desde que tengo uso de razón aplicada al peso, he estado entre 55 (pocas ocasiones) y 65 kilos y no mido más de 1′60. Normal. El médico dice que me sobran un par de quilitos, pero que importa muy poco, que estoy muy bien y muy sana, y a mí ya me va bien.

Podría parecer que soy más gorda de lo que realmente soy por lo del peso, pero resulta que el peso no siempre va con la masa y yo soy más bien fuerte: pantorrillas que hacen bola, jamones grandes pero mayormente musculados, barriguilla incipiente, cierto, a días más que incipiente. Pero los brazos siempre me los he visto normales. Y por más que los miro no creo que sean ni muy forzudos ni muy gordos, me cojo la típica chichilla por debajo y si hago fuerza no la puedo cojer porque se adapta al músculo al 90% (algo queda, claro, pero muy poquito).

Pues, por empezar con los brazos, llevo ya un tiempo que cada vez que veo un jersey o una rebequita que me gusta, me la pruebo en mis tallas – ahora ya he comprendido que varía mucho según la marca, así que mi abanico está entre la 38 y la 42, llegando en extrañas ocasiones (por curiosas más que por inusuales) hasta las dos colindantes. Así que me pruebo la que encuentro primero: la 38. Meto el brazo por la manga y tal como intenta entrar, me la quito porque veo que tendré dificultades en hacer llegar la parte del hombro hasta mi codo. A veces me la pruebo, y me embuten el brazo cual el intestino aprisiona el embutido. Cojo la siguiente y estiro hasta que llega. Me aprieta los pechos y, oh, sorpresa, me sigue embutiendo los brazos como si de un choped se tratara. La 42 tampoco sorprende. De brazos, es exactamente igual que la 40, pero con las mangas más largas, oh, yeah, y encima me sobran hombros por todos lados.

Aún de adolescente entré a una tienda en la que hacían los pantalones más guays: eran los más acampanados, la campana empezaba tan arriba que podía ser que, aún teniendo que cortar un tercio de pantalón para no pisarlo a cada paso, pudiera lucir una campana bien puesta. Me probé mi talla de entonces y la parte del muslo del pantalón no pudo pasar de la pantorrilla.

Hace menos, este invierno mismo, por ejemplo, se me antojó comprarme unas botas altas porque había tenido unas de chino de 15 euros que me habían durado un año entero, eran cómodas y me iban bien en todos los sentidos, pero ya no quedaban más. Así que un día, en el Corte Inglés, miré por la zapatería. Tras rato de buscar algunas que no brillaran, que no tubieran cremalleras doradas, la punta en Tegucigalpa o chapitas en toda la bota, me decidí por unas que estaban directamente en mi talla. Me las probé y subí la cremallera. No pasó del tobillo. Me acordé entonces de porqué había dejado de buscar botas altas años atrás y fui a mirar si había alguna más ancha. Cuando había encontrado otra candidata y me disponía a probármela cuando la dependienta me dijo “¡niña, que esa es de talla grande!”. Y dije “ah, vale”, y me la probé. Y no, no me entraba.

¿Tan gorda estoy (o puede estar una chica joven, sana y sin problemas de sobrepeso) como para que no me (le) entre una talla grande? Venga, hombre. ¿Qué ha pasado?

Aquí falta la reflexión sobre la sociedad y las notícias (de hace años ya) que me han llevado a pensar en esto, pero ahora mismo mi deber me llama y voy a hacerle un poco de caso, así que, la segunda parte ya llegará.

Os dejo aquí los links de las más impactantes:

Ana Carolina Reston …diet consisting only of apples and tomatoes

Anorexic actress provokes row with naked posters Artículo del Times Online sobre el anuncio con una anoréxica, ojo al segundo comentario.

Chica anoréxica de 21 años, que sólo pesaba 28 kilos, ingresada en un hospital de Argentina

La madre del niño de 100 kilos murió de anorexia

También he leído sobre dos hermanas uruguayas modelos, una murió con 22 años y la otra con 18, ataques al corazón / muerte súbita, Luisel y Eliana Ramos, pero en algunos sitios dicen que era una enfermedad congénita y en otros ponen fotos escabrosas. Información poco fiable. En la wikipedia, en la entrada de antes, aseguran que una de las dos murió “after living on lettuce leaves and Diet Coke for three months”.

Ahí os dejo con estas cosillas… si le encontráis la lógica a algo, aquí estoy.

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1 Julio, 2008

Primer día de alemán

Archivado en: Aventuras y desventuras, Reflexiones sobre mi vida — bringontomorrow @ 9:11 am

Larga tarde pasé ayer en mi primera clase de 4 horas de alemán.

Estoy en un quinto piso con entresuelo en un edificio muy, pero que muy poblado, con un sólo ascensor en el que caben 6 personas, con lo que, obviamente, se forman unas colas de locura (aún estando prohibido usar el ascensor para ir a menos altura que la 3a planta y no se pueden usar para bajar). Cada piso tiene tres rellanitos de escaleras que van subiendo en cuadradito, tres lados escaleras, uno de llano salvavidas y recupera-alientos, esperemos que no alitósicos. Tenemos dos pausas, con lo que, además de subir la primera vez, acabas subiendo 3 veces hasta un 6o piso sin ascensor. Un día de estos os pondré el recuento de escaleras.

La clase en sí, bueno, sus cosillas tiene, tanto buenas como malas. Lo primero, el nivel: estoy en 4o (¡¡¡de 5!!!). Asombrada de que entiendo todo lo que dicen, de que puedo hacer frases comprensibles y de que me vienen palabras a la boca sin que pasen previamente por la cabeza, fascinada de mí misma y de cómo me he escondido el conocimiento en zonas remotas e inaccesibles en momentos incluso de necesidad (recuerdo ese largo intento de conversación con los padres de Till, que no hablan inglés… sólo recordarlo sudo de vergüenza y tensión).

Aunque también me maravilla la capacidad de mi cerebro para haber olvidado lo que más veces hicimos a lo largo de los cursos, de todos ellos, de todos lados, que eran las tablas, declinaciones, gramática en general, de la que no casco un carajo. Olvidada. Perdida. Si alguna vez le encontré lógica, que no estoy segura, la lógica se deshizo como el algodón de azúcar en la boca (o en las manos, o en la cara, o donde sea que se pegue cada vez que te acercas a pegarle un muerdo).

En la clase, a parte del nivel, hay uno de esos personajes que odias tanto como profesor como como alumno, como como ser humano en vías de socializar y/o aprender algo en comunidad. El típico que es lento cuando habla, le cuesta hacer las preguntas, se pasa 5 minutos para cada pregunta. Hasta ahí, bueno, oye, nadie es perfecto. Pero es que se pasa la clase entera haciendo preguntas, vengan a cuento o no, comentarios a su parecer jocosos, apostillaciones… Toda la clase. Entera. De principio a fin …¡y son 4 horas, por dios!

Los demás también son bastante sosillos en general. Bueno, yo también, que no hablo con nadie a no ser que nos lo diga la profesora (casi). Además nadie tiene lo que hace falta para bajar a tomar un poco el fresco o el humo y se quedan al ladito de la clase no se vayan a perder. Yo así no puedo. Bueno, vale, tampoco quiero mucho, pero… si me lo ponen fácil tampoco muerdo.

Lo que realmente me anima es que ayer, cuando llegué a casa después de todas las horas (que entre pausa y pausa no sólo no se hicieron eternas sino que pasaron más o menos sin dolor temporal), no sólo hice los deberes, sino que repasé lo que había hecho en la clase, hice listas de vocabulario y busqué (oh sí) las tablas de gramática de tanto tiempo atrás. Pequeñas migajas para intentar llenar las grandes lagunas que quedan en mi aprendizaje del alemán. Oh, qué bonito. Pero bueno, ya sé que la ilusión me acostumbra a durar una media de 2 semanas, así que ¡ánimo!, tengo que hacerlo todo estas dos semanas para luego no liarla demasiado.

Esta tarde más.

Yuhu.

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30 Junio, 2008

Ya soy mayor

Archivado en: Reflexiones sobre mi vida — bringontomorrow @ 11:14 am

Ya soy mayor. Aún no del todo, pero desde luego he dado mis primeros pasitos en el mundo de la madurez, de los adultos, de trabajar, de ser responsable de tantas más cosas que hace apenas un añito…

Los últimos meses han sido de los más productivos de mi vida – aquí viene el resumen de mis últimos meses:

A finales de verano empecé a tramar planes para bien y para mal, hipótesis y más hipótesis que se perdieron sin más en el camino. En septiembre me evalué de las últimas asignaturas de la carrera e hice un cursillo de más por si el recuento de créditos no acababa de salir bien. Aprobé todas las asignaturas y decidí tomarme un merecido descanso, hasta enero, para decidir qué hacer con mi vida, ya que una de las pocas cosas que tenía claras era que no quería trabajar de lo que había estudiado. Así que me fui a dar una vueltecilla por Alemania, a visitar a unos amigos fiesteros y reflexivos que me dieron muchas ideas en concreto y en general, pero que no me convencieron de nada. Me quedé con mis dudas existenciales.

Pero las dudas han estado estancadas por mi cerebro desde entonces. Justo cuando volví pensé que tener algunas horas ocupadas en lugar de vacaciones totales no me haría ningún mal y que trabajar un poco incluso me podría hacer algún bien, tanto económico como de saber qué no me gusta o qué sí me gusta. Así que envié mi currículum a un trabajo de 5 horas al día y me cogieron, el mismo día (el 6 de noviembre) que me llamaron de otro sitio para dar clases. Llamé a la responsable para decirle que no, que no me apetecía, que no podía, que no, vamos, y, bueno… le dije que sí. Así que de un día para otro se me acabaron las vacaciones.

También fue entonces cuando empecé a tomar clases de conducir antes de empezar la jornada laboral, cada mañana, y empecé el brutal CAP, cada sábado de 9 a 13.30, además de juntarse luego con el período de prácticas y la redacción de la memoria.

Y ahora, que por fin he dejado de dar clases, sin decidirlo del todo tampoco, me he apuntado a otras clases, esta vez cuatro horas cada tarde, de lunes a viernes.

Y vaya cambio tan brutal, del perreo de la terraza del bar y estudiar antes del examen, a tener cosas que hacer constantemente, mañanas tempranas y tardes cansinas, noches cansadas, fines de semana de un día y medio. Tantos cambios en tan poco tiempo.

Este blog debe servirme para recuperar lo que tuve y me gustó, para volver a plantearme las cosas desde la distancia de la escritura, para ver mi propia evolución y redireccionar lo que crea conveniente. Y lo más importante: afrontar lo que se me viene encima.

Mi próximo reto: irme a Alemania a vivir, trabajar, pasar frío, aprender a hablar alemán ya de una vez por todas, emanciparme lejos como primer paso hacia emanciparme cerca y hacer el viaje iniciático de la madurez.

Prepárate destino, que allá voy, y ardo por luchar con uñas y machetes para llevarte donde yo quiero.

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