La última hora siempre es la más dura. Parece que llega el final, pero no llega nunca. Pasa un minuto, dos, diez, y luego para. En estos momentos faltan 45 minutos exactamente para que se acabe mi hora oficial de trabajo. El jefe está aquí, debo seguir tecleando, tecleando para que siga pareciendo que trabajo duro, que estoy en ello. Pero es la última hora y ya estoy cansada. Bueno, la verdad es que he llegado ya cansada, porque cansada parece ya mi segundo nombre. Pero la última hora parece cachondeo. No hay más llamadas, no entran más e-mails, sólo tengo que traducir algo que nadie me ha pedido que traduzca, algo sin fecha de entrega. Y ahora me apetece poco. Y en un párrafo han pasado apenas tres minutos. Hoy ha pasado el día más o menos rápido, pero la última hora no acaba nunca. Vuelvo a mirar si hay algo en el correo, si hay alguna actualización en feisbuc, si tengo algún e-mail en mis múltiples cuentas, si me he dejado algo importante por hacer. Creo que me gusta trabajar los domingos, pero poco, porque no me gusta tampoco mucho trabajar. Y entre semana al menos puedes hablar con gente como si estuvieras preguntando cosas del trabajo, pero los fines de semana los paso sola ante el ordenador. Y ni siquiera sola y libre, sin control y pudiendo hacer lo que quiera, oh, no. Estoy en una oficina en la que la puerta es acolchada y no hay timbre, y yo estoy en la tercera habitación, con lo que cada persona que viene tiene que aporrear la puerta para que la oiga. Eso quiere decir que no puedo ponerme ni música de fondo, porque incluso abriendo la ventana (y siendo Berlín mucho menos ruidosa que mi ciudad natal) puedo desoír insistentes llamadas sin darme ni cuenta. Los sábados por la mañana viene la señora que limpia la oficina, las oficinas, con lo que tengo que ir saliendo y entrando de las tres oficinas separadas y de las habitaciones para abrir y cerrar las puertas, que tienen que estar siempre cerradas con llave. Además está el aspirador, otro de esos maravillosos sonidos que se agradecen tantísimo y que viene normalmente acompañada de la primera llamada del día, en alemán, para complicarlo un poco más. La simpatía de la señora tampoco es legendaria. Luego viene un ticket seller, que hace cosas entre esta oficina y la otra, y siempre, siempre necesita que le ayudes a encontrar algo que sabrías dónde buscar si no fuera porque ni siquiera es parte de mi trabajo. Pero haces lo posible y luego intentas volver a trabajar, otra vez en vano, porque viene el mecánico a buscar la llave de la puerta del garaje y luego el del tour en bici, a buscar la llave de la cadena del poster que tienen que sacar a la calle cada vez. También él tiene siempre alguna duda que no puedes solucionar. Ahí parece que ya se acabe todo, pero con la coña son ya las 12 y no has tenido más de una hora sin interrupciones, y por la tarde (sobre las 2-3) vienen más. Otra vez el ticket seller, otra vez el mecánico y el del tour de la bici. Y en algún momento fue hasta divertido porque ya les conocías, te contaban las peripecias, les ayudaba en lo que podía, pero con lo que dura la gente por aquí ya no queda ninguno de ellos. También en algún momento entran en juego otros personajes de la oficina que se ven obligados de alguna forma a hacer su aparición en fin de semana y te piden que les ayudes en lo que sea. Y luego además se tiene que contar el factor del jefe-sorpresa: nunca se sabe si vendrá, ni si está por aquí o de viaje, ni si llamará a las 9 para controlar que hayas llegado o vendrá a las 5.55 y empezará a pedirte encargos ridículos como que bajes los tres pisos y vayas a coger el correo en sábado y lo subas de vuelta, no vaya a ser que alguien se vuelva loco e intente robárnoslo (sic). Y piensas en todo esto y te acaba quedando como un día normal con la diferencia de que si tú quieres hablar con alguien en algún momento te las tendrás que apañar con el teléfono, teniendo en cuenta que hay un buen porcentaje de probabilidades de que alguien empiece a picar a la puerta justo cuando has conseguido establecer la comunicación. Y todo esto se alarga a lo largo de 9 horas, porque da hasta reparo salir a comer, no vaya a ser que la llamada más importante suceda justo en ese instante, o que te estés olvidando de los horarios de alguna de las muchas personas que tienen que entrar a la oficina y no tienen llaves. Y con todo y con eso aún me quedan 25 minutos. Si gastara toda la energía que gasto en quejarme en hacer las traducciones seguramente me quedaría sin trabajo en muy poco tiempo. Y sigo sin saber qué hacer ahora, y escribo por llenar hueco, llenar tiempo, pasar desapercibida mientras el jefe ronda por la oficina en este día gris y cálido.
Dicen que el tiempo pasa más rápido cuando tienes cosas que hacer, o mientras haces cosas, y la verdad es que creo que mayoritariamente es así, pero en esta ocasión no cuenta porque sigo pensando a cada línea, a cada minuto, los que faltan para que llegue el momento de salir de aquí. Salir de aquí para hacer qué? Quién sabe. Llamar a una amiga, ir a tomar algo. Irme a casa y hacer exactamente lo mismo pero sin la obligación. Seguir preparando la casa para mis próximas visitas. Lo que sea.
De hecho tengo unas ganas de que me lleguen ya las visitas que ni te cuento. Este julio pinta bien, va a ser divertido, y a ver si consigo llenar el calendario un poco también para agosto, ya que yo no voy a poder ir a visitar a nadie. A ver si el verano en Berlín es tan apasionante y apasionado como todos dicen. A ver si soluciono mis trastornos mentales. A ver cómo salen las cosas en julio, a ver si sigo trabajando aquí, a ver si me vuelve a cambiar la vida, a ver si… Queda aún mucho por ver (espero). Y aquí me quedan aún 18 minutos que intentaré llenar sin escritura superflua. Quién sabe, igual hasta me pongo a traducir un rato (el guión está muy interesante de hecho).
Y a ver cuándo vuelvo a aprender a cerrar lo que escribo de forma digna en lugar de dejarlo abierto y sin puntada final.
