Las 4 de la tarde.
Se oye una ambulancia a lo lejos, rompiendo el silencio de la ciudad. Un silencio aquí insólito, debido no tanto a la hora, o al día incluso, cuanto a que es puente y está vacía. Estaría incluso preciosa si no fuera por toda la mierda que acumuló durante la verbena.
Y aun así, me gusta, mi ciudad. Estoy en la avenida Brasil y apenas hay gente paseando, nadie sentado en los bancos, pocos coches, pocas motos, algún que otro autobús.
Cuanto más tarde, más gente. En estos momentos entiendo el porqué del espíritu mediterráneo, de la siesta, las tiendas que abren a las 5.
Una suave brisa, cálida pero no tórrida, intenta remover las florecillas anaranjadas del suelo, pero están demasiado repegadas por la humedad del ambiente.
Se oye a un vecino hablar por teléfono desde el balcón de su casa y la canción del silbido resuena en mi cabeza. Veo los colores, verde y rojo, rojo del óxido súmamente estético de los adornos del paseo y recuerdo con contrariedad que mi vida, últimamente, pasa en castellano. Va disminuyendo el catalán y desaparece el inglés. Día a día los sigo tocando, esos y el alemán, que será prioridad en nada, y el francés, que preveo quearé en mi memoria hasta quién sabe cuándo, a no ser que escoja, por enésima vez, ocupar mis mañanas los sábados. Eso implica por supuesto una responsabilidad para con los viernes noche y los fines de semana enteros.
La montaña. Vería el Tibidabo de no ser por un enorme anuncio del Grupo Vitalicio y el más grande aun edificio de La Caixa.
Las cinco.
El tiempo me vuela escribiendo. La mayoría de vosotros no sabéis que yo rehuyo la escritura. Llevo toda mi vida negándola, con los diarios muertos, con historias inacabadas, con ideas perdidas entre los aires y sin ideas. Y sin embargo, héme aquí con una bitácora que actualizo más que a diario. Pero no estoy preparada para aceptar mi nueva posición pro-escritura, abandonar la anti-escritura. Llevo muchos años con esa máscara y mil trozos de barro quedan apegados en la cara, en las grietas, los poros, las fisuras… y quitársela conlleva toda una filosofía, el reconocimiento del paso del estado freudiano de “querer matar al padre” a un complejo de Electra no menos freudiano.
Abrir los ojos. Despertar. Un nuevo día, un nuevo mundo. Un mundo que se abre lleno de cultura, de interés, de mil cosas maravillosas, pero también de responsabilidad, de actuar de acuerdo a todas mis ideas y opiniones, de hacer lo que yo considero correcto y luchar por la causa (se podría ver como dar la vida por algo, Don Alberto, sólo que menos extremo y menos romántico). El despertar de un sueño pasivo y caer en otro, activo, fundado, estable a base de la estabilidad propia e individual, el momento para cambiar las cosas, no sólo de uno mismo sino de alrededor. El paso a la acción tras mucha reflexión, que continúa mano a mano con la acción. ¿Ha llegado el momento?
Hoy es Barcelona, mañana Viena y pasado quién sabe. Pero ahora ya soy yo.