Borrón y cuenta nueva

4 Julio, 2008

Fue un día digno de recordar

Archivado en: Aventuras y desventuras — bringontomorrow @ 9:33 am

04 junio de 2005

Mis pensamientos siguen deambulando por el pasado. Quizás sea el calor, que me recuerda el verano que pasé cuando debería haber estado en invierno, quizás sea la proximidad del siguiente viaje, quizás sea la aceptación del dolor que algunas cosas provocan y su consiguiente superación. Hay tantos factores que pueden llevar a recordar días, momentos, historias… olores o luces, sonidos, gestos… Quizás sea que el altavoz está intentando acercarse demasiado a la cámara o que los cds hace días que están de orgía, unos contra otros, cambiándose las carátulas y provocando un bonito caos (que no anarquía) de canciones y humores estraños y extrañables. Siempre me gustó tener la música en “random” para no saber qué vendría a continuación.

Sea por lo que sea, ayer recordé un día que no quedó plasmado en ningún papel ni en ninguna pantalla, pero quedó en mi memoria y no me gustaría que se perdiera. A algunos os resultará soso, a otros emocionante, pero seguro que no seré capaz de expresar lo que me aporta (y lo que me aportó en su día) ese pequeño viaje interurbano, si es que a aquella ciudad con playa artificial al lado del río se le puede llamar urbe (que no ubre).

Era un martes. Lo recuerdo porque comí con Tristan; habíamos tomado la costumbre de comer juntos los martes (¿o eran los jueves?). Fuere el día que fuere, comí con él, en un precioso lugar del recinto universitario. Era (y supongo que sigue siendo) su lugar preferido: delante del río, con unas casitas al otro lado, sentados en la hierba bajo la sombra de un enorme y precioso árbol, el sol, las flores, la brisa, todo acompañaba nuestra comida. Fue relajada y tranquila, como cada vez, agradable, cómoda… como todas las que hicimos.

Eran casi las dos cuando acabamos (teníamos que comer a horas intempestivas para mi, pero para ellos, en general, comer a las doce no es algo inusual). Yo tenía clase de alemán y él las había dejado, pero tenía que hacer cosas. Decidimos volver hacia los edificios y por el camino me encontré con Isra y un amigo suyo a quien no conocía, Dave. Estaban fumando y me invitaron a quedarme, a lo que acepté, olvidando mis responsabilidades estudiantiles una vez más. (Exactamente como ahora, que debería estar haciendo los mil trabajos que aun me quedan, pero eso es otro tema, de más actualidad, y hoy no toca XD.)

Después de bastante rato de darnos al vicio del fumeteo, decidimos ir caminando hacia la ciudad, la ‘City’, la parte central que sí podríamos llamar urbana. Teníamos que ir hasta Toowong, donde podríamos coger el tren si estábamos muy cansados. Realmente nunca entendí porqué fuimos caminando hasta allá teniendo autobuses a mano, pero fue una decisión muy acertada. (De hecho tampoco entendí nunca cómo llegué a conocer a Isra, una situación también un tanto extravagante, pero eso es otra historia que ya tendrá tiempo de ser contada.)

El camino fue precioso. Nunca había estado por allá, suerte que ellos conocían algo la zona. Eran todo casitas con jardines enormes, casitas bajas, de un piso, quizás dos alguna, alguna que otra se levantaba más que las de al lado pero siempre en perfecta harmonía y más bajas que los árboles que les rodeaban, mucho más pequeñas que el cesped de su entorno. Preciosos jardines verdes, perfectamente cuidados pero sin llegar a la falsedad de los de película en el que no hay una hoja fuera de sitio, mucho más natural, tranquilo, sedado. Las puertas de los jardines estaban todas abiertas, en caso de tener algun tipo de puerta. Así que nos metimos por un jardincillo de una de las casas más o menos grandes que había por ahí y llegamos a la parte trasera: frente al río. Nos tiramos al césped los tres, en un hueco algo tapado por detrás, de manera que si venían vecinos, cosa harto improvable, no nos veían.

El río empezaba donde el césped acababa; nos podríamos haber tirado al río, podríamos haber bajado a mojarnos los pies, veíamos el catamarán pasar hacia un lado y hacia el otro y las casitas que empezaban a iluminarse a medida que se iba haciendo oscuro, entre la charla, el fumeteo y los ratos de contemplación bucólica de nuestro entorno.

Ya caído el día, seguimos caminando por esas grandes calles con mayores jardines hasta llegar a la zona que se podría llamar ya urbanizada. Fuimos a la estación de Toowong, que está en un centro comercial y allá nos separamos en diferentes trenes.

Ahí se acaba la anécdota. No tiene más. Ni menos. Para mi fue algo grande, algo que no hubiera imaginado, un día de contacto con la naturaleza en plena ciudad, de estrechar lazos, de no pensar en nada innecesariamente. De largas filosofadas y magníficos paisajes. Fue un día digno de recordar.

El Bonito comentó - 05 junio 5:10

Bueno, me parece k en realidad ese dia fue un martes muy calmado en el cual decidimos buscar a la Helena, mi compa el Dave la noche pasada habia declarado su amor a un Chino y el resultado fue que tendria que buscar otro lugar para vivir dentro de un par de semanas. De esos dias en que sin un peso (a como dizen uztedez pezetaz) se buscan cosas mas tranquilas baratas naturales y tal vex sea k por eso son mas memorables… y bueno nos encontramos con el Dave y con el poquito de maria k nos quedaba y decidimos emprender marcha hacia el norte, por casualidad o mas bien suerte (tal vez tambien unas cuantas llamadas telefonicas) nos encontramos can la Hele, y como siempre nos quedamos a charlar un rato mientras ella comia con su amigo… como siempre (como buen amiga) la Hele decidio pasar el dia con nosotros y partimos a buscar uno de esos dias magicos con amig@s, sin nada en particualrk hacer y con nada para precocupar la mente salvo el paisaje sureal y el goze. bueno y k mas se puede decir, no e vuelto a ese lugar en persona, solamente en mi memoria. (El dave k no le e visto desde esa fecha vuelve a Brisbane en un par de semanas…se me hace k faltaras tu) cuanto de echo de menos hele besos el isra

(Siguiente: Lunes de la muerte)

Sueño

Archivado en: Relatos — bringontomorrow @ 9:26 am

01 junio de 2005

Soñé que volvía y que lo encontraba todo como lo había dejado. Soñé al perro en la bañera, el libro en la cama y mi cabeza en su sitio. Tu no estabas y yo era feliz. Luego llegaste de su mano contando en voz alta, números, sílabas, dedos. Y te escondiste en el balcón justo antes de saltar.

Pero entonces fui yo quien saltó, y quien repitió, dentro del sueño, mi sueño de infancia y el de tantos otros. Justo antes de llegar al suelo reprendía el vuelo. Muchos despertaban con el pánico de la caída, yo siempre aguardaba la salvación, y aprendía a volar a ras de tierra, a veces incluso lo rozaba, con la mano, con la cara, con el pelo… como cuando buceas por una piscina palpando suavemente el fondo con la punta de los dedos. A partir de ahí, a veces antes, a veces después, despegaba paulatinamente, alejándome de la tierra con precaución, hasta que me sentía suficientemente segura como para hacer acrobacias en el aire.

En esta ocasión aterricé al lado de un edificio, en una terraza con una escalinata que subía a otra. Reconocí la segunda entrada de mi vieja escuela, entre la ‘pineda’ y la ‘terrassa’ y algunos de los personajes que habían llegado ahí igual que yo, a lo Son Goku. Estábamos todos curiosamente subidos a andamios, esperando algo que no venía y que yo no alcanzaba a saber qué era.

Y vino de golpe: una inundación que no se llevó los andamios ni a nosotros, que tampoco podíamos evitarla ni ayudar en nada; mirábamos atentos. Vimos cómo la ola se llevaba la pineda: toda la pinaza acumulada en montoncitos de niños que habían estado jugando allá, los montículos de arena mojados preparados para hacer bolitas y tirarlas al ’sorral’, donde se quedaban pegadas si las tirabas con fuerza, las barras de madera cuidadosamente colocadas para que las lluvias y los vientos no se llevaran toda la arena… Era como si se llevara mis recuerdos, mi infancia… todo…

Pero pasó la ola y lo dejó igual, pero limpio y reluciente. Bajé del andamio como si ya no pudiera volar, es decir, por las escaleras (‘I believe I can fly, I believe I can touch the sky…’) y cuando toqué suelo hubo sorpresa. No llevaba zapatos, pero, a diferencia de mis sueños de infancia, no me incomodaba: me hacía sentir bien.

Me encontré en una calle que me resultaba familiar pero que no podía localizar, una calle que llevaba a una playa paradisíaca, de arena blanca, de agua transparente, sin gente, con calor y confort… sin moverme yo, la playa vino a mi. Recordé: Caloundra. La había localizado. Supuse que encotraría allá a un chico que había conocido por la zona, y mientras hacía una serpiente de arena dentro del agua, me encontró un alemán, amigo, que volvía a casa caminando. A su casa de Alemania. Le acompañé un trozo de camino, primero caminando, luego en la parte de atrás de su furgoneta amarilla sin conductor. Charlando, contándonos todo lo que habíamos pasado los últimos tiempos sin el otro. En Suiza, Grindelwald, la furgoneta había desaparecido y continuábamos la marcha sin tocar el suelo, caminando entre algodones. Él se despidió con un abrazo, prometiéndome volver a vernos, en Viena.

Luego desperté, de vuelta en Barcelona, y recordé todo aquello que había vivido, las experiencias a las que remitía el sueño, la gente a la que había visto y la gente a la que hacía años que no veía. Regresé a mi vida, mi rutina, mi monotonía alegre aun cuando melancólica, la belleza cotidiana, y entendí que ese sueño cerraba una etapa y acababa una crisis, y abría un futuro de esperanzas palpables en un día a día presente y feliz.

Siguiente: Barcelona a 25 de junio de 2005

Blog de WordPress.com.