He estado leyendo unos artículos bastante impactantes sobre muertes por anorexia y bulímia y he empezado a reflexionar. El problema de la anorexia (y bulímia y demás alteraciones nutritivas y mentales) parece que viene de largo. Se ha planteado en mil ocasiones y parece ya casi un lugar común en cualquier conversación sobre moda y modelos. Entra sin temor alguno también en las conversaciones cotidianas en una tienda cualquiera, tras probarse cualquier tipo de prenda (ajustada, porque anchas quedan ya pocas salvo para vestir tipo skater).
En mi caso, la presión social de las tallas pequeñas, de cosas que te aprieten aunque cojas una talla 6 veces mayor a la “tuya” -la que normalmente usas, la que acostumbras a pedir cuando te gusta algo, la que sabes, teóricamente, igual que los zapatos-, sólo ha conseguido que tenga unas ganas aproximadas a 0 de ir a comprar. (Además, obviamente, de las colas, la gente, la música de las tiendas y un largo etcétera de incomodidades.)
Os voy a contar mi historia física:
Hace años estaba rechonchilla, pero rechonchilla de niña sanota y poco más. En la adolescencia, delgada tampoco he sido, y he ido fluctuando constantemente entre un poco rellenita y bien (o lo que yo entiendo como bien). Desde que tengo uso de razón aplicada al peso, he estado entre 55 (pocas ocasiones) y 65 kilos y no mido más de 1′60. Normal. El médico dice que me sobran un par de quilitos, pero que importa muy poco, que estoy muy bien y muy sana, y a mí ya me va bien.
Podría parecer que soy más gorda de lo que realmente soy por lo del peso, pero resulta que el peso no siempre va con la masa y yo soy más bien fuerte: pantorrillas que hacen bola, jamones grandes pero mayormente musculados, barriguilla incipiente, cierto, a días más que incipiente. Pero los brazos siempre me los he visto normales. Y por más que los miro no creo que sean ni muy forzudos ni muy gordos, me cojo la típica chichilla por debajo y si hago fuerza no la puedo cojer porque se adapta al músculo al 90% (algo queda, claro, pero muy poquito).
Pues, por empezar con los brazos, llevo ya un tiempo que cada vez que veo un jersey o una rebequita que me gusta, me la pruebo en mis tallas – ahora ya he comprendido que varía mucho según la marca, así que mi abanico está entre la 38 y la 42, llegando en extrañas ocasiones (por curiosas más que por inusuales) hasta las dos colindantes. Así que me pruebo la que encuentro primero: la 38. Meto el brazo por la manga y tal como intenta entrar, me la quito porque veo que tendré dificultades en hacer llegar la parte del hombro hasta mi codo. A veces me la pruebo, y me embuten el brazo cual el intestino aprisiona el embutido. Cojo la siguiente y estiro hasta que llega. Me aprieta los pechos y, oh, sorpresa, me sigue embutiendo los brazos como si de un choped se tratara. La 42 tampoco sorprende. De brazos, es exactamente igual que la 40, pero con las mangas más largas, oh, yeah, y encima me sobran hombros por todos lados.
Aún de adolescente entré a una tienda en la que hacían los pantalones más guays: eran los más acampanados, la campana empezaba tan arriba que podía ser que, aún teniendo que cortar un tercio de pantalón para no pisarlo a cada paso, pudiera lucir una campana bien puesta. Me probé mi talla de entonces y la parte del muslo del pantalón no pudo pasar de la pantorrilla.
Hace menos, este invierno mismo, por ejemplo, se me antojó comprarme unas botas altas porque había tenido unas de chino de 15 euros que me habían durado un año entero, eran cómodas y me iban bien en todos los sentidos, pero ya no quedaban más. Así que un día, en el Corte Inglés, miré por la zapatería. Tras rato de buscar algunas que no brillaran, que no tubieran cremalleras doradas, la punta en Tegucigalpa o chapitas en toda la bota, me decidí por unas que estaban directamente en mi talla. Me las probé y subí la cremallera. No pasó del tobillo. Me acordé entonces de porqué había dejado de buscar botas altas años atrás y fui a mirar si había alguna más ancha. Cuando había encontrado otra candidata y me disponía a probármela cuando la dependienta me dijo “¡niña, que esa es de talla grande!”. Y dije “ah, vale”, y me la probé. Y no, no me entraba.
¿Tan gorda estoy (o puede estar una chica joven, sana y sin problemas de sobrepeso) como para que no me (le) entre una talla grande? Venga, hombre. ¿Qué ha pasado?
Aquí falta la reflexión sobre la sociedad y las notícias (de hace años ya) que me han llevado a pensar en esto, pero ahora mismo mi deber me llama y voy a hacerle un poco de caso, así que, la segunda parte ya llegará.
Os dejo aquí los links de las más impactantes:
Ana Carolina Reston …diet consisting only of apples and tomatoes
Anorexic actress provokes row with naked posters Artículo del Times Online sobre el anuncio con una anoréxica, ojo al segundo comentario.
Chica anoréxica de 21 años, que sólo pesaba 28 kilos, ingresada en un hospital de Argentina
La madre del niño de 100 kilos murió de anorexia
También he leído sobre dos hermanas uruguayas modelos, una murió con 22 años y la otra con 18, ataques al corazón / muerte súbita, Luisel y Eliana Ramos, pero en algunos sitios dicen que era una enfermedad congénita y en otros ponen fotos escabrosas. Información poco fiable. En la wikipedia, en la entrada de antes, aseguran que una de las dos murió “after living on lettuce leaves and Diet Coke for three months”.
Ahí os dejo con estas cosillas… si le encontráis la lógica a algo, aquí estoy.
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Siguiente de reflexiones sobre mi vida: …actualizar el blog…
Siguiente de reflexiones sobre otras cosas: Hay algo que no cuadra
Eso no sólo pasa con las chicas, yo mido 1,75 y peso los 80 kilos de un tío con contextura fuerte, poca grasa tengo; sin embargo cuando voy a las tiendas tengo que usar la talla L, y según en qué cosas la XL. ¿Qué le espera a un chico de 1,85 (que los hay a montones)? ¿3XL?
Por cierto, las hermanas son uruguayas (http://www.pandeblog.net/noticias/2007/02/otra-modelo-uruguaya-muerta-anorexia/).
Saludos.
Comment por Pande — 6 Julio, 2008 @ 10:48 am |